Por: Yuri Guzmán
La muerte de Carlos Manzo no fue solo el asesinato de un presidente municipal. Fue el derrumbe de una esperanza, el golpe seco que nos recuerda que en México, incluso quienes se atreven a servir desde la legalidad pueden terminar silenciados por la violencia. Me duele como si fuera mi familiar. Me duele porque era un hombre bueno, valiente, un padre de familia que soñaba con dejarle a sus hijos —y a los hijos de muchos uruapenses— un futuro sin miedo, sin balas, sin amenazas. Un futuro con libertad para expresarse sin temor a represalias. Y hoy, esos niños han perdido a la figura que estuvo dispuesta a arriesgarlo todo por el bienestar común. Eso parte el alma.
¿Cómo se enfrenta una muerte así? ¿Cómo se digiere el hecho de que alguien que eligió el camino del servicio público, que no se escondió, que caminó entre la gente, haya sido asesinado en su propia tierra? ¿Cómo se explica que, en lugar de protegerlo, el Estado lo dejó expuesto? ¿Cómo podemos nosotros, ciudadanos comunes, crear un entorno donde la próxima generación pueda vivir sin temor?
La respuesta no está en discursos ni en promesas vacías. Está en reconocer que estamos hasta el cuello. Estoy hasta la chingada de tanta inseguridad. Y no es solo Carlos Manzo. No olvido Teuchitlán, ni el rancho Izaguirre. No olvido a los niños sin medicinas, a las mujeres violentadas, a las madres y padres buscadores que siguen cavando con las uñas en busca de sus hijos. No olvido que en Culiacán llevamos más de un año de guerra. ¿Sabían que en Sinaloa, solo en los últimos meses, han sido asesinados 79 niños y 122 mujeres? ¿Qué clase de país permite eso y sigue como si nada?
Nos están matando. Nos están robando la paz, la dignidad, la posibilidad de vivir sin miedo. Y mientras tanto, el debate público se desvía hacia si a la presidenta le agarraron las bubis, si fue montaje o si su seguridad vale madres. ¿De verdad eso es lo que importa? ¿De verdad vamos a seguir normalizando el espectáculo mientras la sangre corre por nuestras calles?
Queremos seguridad, carajo. Queremos que nuestros hijos puedan caminar sin miedo, que los funcionarios públicos no tengan que blindarse como si fueran enemigos del pueblo, que los líderes comunitarios no terminen en ataúdes. Queremos que la justicia deje de ser una palabra hueca y se convierta en una realidad tangible.
Carlos Manzo no fue solo un político. Fue un símbolo de que aún hay quienes creen en el servicio público como herramienta de transformación. Su muerte no puede convertirse en una estadística más. No puede ser otro caso archivado. Tiene que ser el punto de quiebre, el momento en que digamos basta.
Porque si seguimos callando, si seguimos permitiendo que el miedo siga rigiendo, entonces no solo habremos perdido a Carlos Manzo. Habríamos perdido también la esperanza. Y eso, eso sí sería imperdonable.





























