Ciudad de México.— Con la llegada del Día de Muertos, miles de familias mexicanas comienzan a preparar sus altares para recibir a las almas de sus seres queridos. La ofrenda, más que una tradición decorativa, es un ritual cargado de simbolismo, memoria y espiritualidad que conecta el mundo de los vivos con el de los muertos.
Cada elemento que compone una ofrenda tiene un propósito específico. Desde la flor de cempasúchil, cuyo color y aroma guían a los espíritus, hasta el pan de muerto, que representa el ciclo de la vida, los objetos colocados en el altar buscan rendir homenaje y facilitar el tránsito espiritual de quienes regresan por unos días.
Entre los elementos esenciales destacan:
- Flor de cempasúchil: guía aromática para las almas.
- Agua, sal y velas: purificación, orientación y energía.
- Comida y bebida: platillos favoritos del difunto, chocolate, atole o licor.
- Pan de muerto: símbolo de vida y muerte.
- Papel picado, incienso y copal: representación del viento y purificación del ambiente.
- Objetos personales y fotografías: evocación directa de la memoria.
- Calaveritas de azúcar: humor ante lo inevitable.
- Tapetes de aserrín y arcos florales: caminos y portales simbólicos.
Muchas ofrendas se estructuran en niveles, que pueden ir de tres a siete, representando desde el inframundo hasta el cielo. Cada piso tiene una función espiritual: tierra, agua, alimento, memoria, luz, fe y conexión divina.
La presidenta del Instituto Nacional de Antropología e Historia ha señalado que “la ofrenda es una síntesis del sincretismo mexicano, donde conviven creencias indígenas y católicas en un acto de amor y recuerdo”.
Más allá de su estética, la ofrenda es un gesto de reencuentro. En ella, los vivos ofrecen lo que más agradaba a sus difuntos, reconociendo que la muerte no es un final, sino una continuidad que merece ser celebrada con respeto, sabor y presencia simbólica.





























