Por: Yuri Guzmán
Siempre había sido motivo de orgullo decir “soy mexicana”, incluso con gobiernos plagados de errores y promesas incumplidas. Pero hoy, ese orgullo se transforma en vergüenza y enojo. El país parece desmoronarse frente a nuestros ojos, mientras la corrupción, la violencia y la impunidad se normalizan como parte del paisaje cotidiano.
Los casos de personajes públicos acusados de violencia o abuso, como Cuauhtémoc Blanco o Félix Salgado Macedonio, reflejan un sistema que protege a los poderosos y silencia a las víctimas. La agresión verbal de Gerardo Fernández Noroña contra Grecia Quiroz, viuda de Carlos Manzo asesinado hace poco más de un mes, pasó sin consecuencias, como tantas otras afrentas que se diluyen en el ruido político.
La violencia contra funcionarios es ya parte del día a día. El asesinato del alcalde de, Michoacán, Carlos Manzo, quien pidió ayuda y fue ignorado, es un ejemplo doloroso de cómo la desprotección institucional alcanza incluso a quienes deberían estar más resguardados. Según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2024 se registraron más de 30 mil homicidios en el país, y México se mantiene entre los cinco países con mayor número de asesinatos en el mundo.
México cerró 2024 con 33 mil 241 homicidios, la cifra más alta desde que existen registros, equivalente a una tasa de 25.6 por cada 100 mil habitantes. El 71.8% de los asesinatos se cometieron con armas de fuego, reflejo de un Estado incapaz de controlar el tráfico y uso de armamento. En el primer semestre de 2025 ya se habían contabilizado 15 mil 243 homicidios, lo que anticipa que la tendencia no cederá.
Estos números no son fríos datos: son vidas truncadas, familias devastadas y comunidades que viven bajo el miedo.
La corrupción se solapa y la justicia se arrodilla. La presidenta Claudia Sheinbaum controla un Congreso que aprueba sin cuestionar, una Suprema Corte debilitada y una Fiscalía que responde más a intereses políticos que a la ciudadanía. El discurso oficial insiste en que “todo está bien”, que hay medicinas, seguridad y libertad, mientras periodistas son amenazados, medios censurados y comunidades enteras viven bajo el fuego cruzado del crimen organizado.
La salida de Alejandro Gertz Manero de la Fiscalía General de la República no responde a sus múltiples escándalos: la persecución contra su familia política, el intento fallido de imputar a 31 científicos del Conacyt por delincuencia organizada, o las inconsistencias en el caso del rancho Izaguirre. Tampoco por las filtraciones que lo vincularon con contratistas de Pemex relacionados con huachicol y tráfico de armas. Se le “recicló” como embajador, a los 86 años, en un movimiento que más parece un acomodo político que un acto de rendición de cuentas.
El problema no es solo la incidencia, sino la falta de sanciones: en 2023 se iniciaron más de 40 mil investigaciones por faltas administrativas, pero apenas 2 mil 341 servidores públicos fueron sancionados, lo que equivale a 14 de cada 10 mil. Además, 95.2% de los actos de corrupción no se denuncian, lo que convierte a este delito en un fenómeno invisible y perpetuado.
En el Índice de Percepción de la Corrupción 2024, México obtuvo 26 puntos sobre 100, ubicándose en el lugar 140 de 180 países, el peor resultado de la OCDE y el penúltimo del G20.
La crisis de desapariciones es aún más devastadora. El Informe Nacional de Personas Desaparecidas 2025 reporta más de 110 mil personas desaparecidas, con un aumento del 12% respecto a 2024, año en el que se registraron 13 mil 106 casos, la cifra más alta en la historia.
El Registro Nacional contabilizaba hasta febrero de 2025 más de 122 mil 300 personas desaparecidas, mientras que las fiscalías estatales mantienen 99% de impunidad en las denuncias…. ¡¡¡99%!!! Son fregaderas. Los estados con mayor número de casos son Jalisco, Estado de México, Tamaulipas, Veracruz y Nuevo León, que concentran casi la mitad de las desapariciones del país.
La sociedad mexicana parece atrapada entre la indignación y la resignación. Mientras los problemas estructurales se agravan, la atención pública se desvía hacia espectáculos mediáticos: el Mundial 2026, la cuarta temporada de “La Casa de los Famosos”, o cualquier otro distractor que alimente la ilusión de normalidad.
No se trata de nostalgia ni de amargura. Se trata de reconocer que el país se está cayendo a pedazos y que quienes gobiernan, lejos de ser mejores que sus antecesores, han demostrado ser igual de hipócritas, con hambre de poder y desprecio por el pueblo. México merece más que fosas clandestinas, más que políticos impunes y más que discursos vacíos.
Hoy, duele ser mexicana. Duele porque la representación política está en manos de quienes han traicionado la confianza ciudadana. Duele porque la esperanza se diluye entre balaceras, corrupción y simulaciones. Y duele porque, mientras tanto, seguimos entretenidos con espectáculos que nos hacen olvidar, aunque sea por un momento, que la realidad es brutal.































