Por: Yuri Guzmán
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) es considerada el evento cultural más importante de Iberoamérica. Sin embargo, cada año surge la misma pregunta: ¿los asistentes son verdaderos lectores o la feria se ha convertido en un escaparate social? Para responder, conviene revisar las cifras y contrastarlas con la experiencia.
De acuerdo con el Módulo sobre Lectura (MOLEC) 2025 del INEGI, en México hay 103.9 millones de personas alfabetas de 12 años y más. De ellas, 79.1% leyó algún material (libros, revistas, periódicos, historietas o páginas web) y 62.5% leyó libros en el último año. El promedio nacional es de 4.2 libros por persona, un ligero aumento frente a los 3.2 de 2024.
La distribución, sin embargo, muestra un panorama desigual:
- 28.7% de los lectores solo leyó un libro en el año.
- 21.2% leyó dos libros.
- 17.2% leyó tres libros.
- Apenas 32.9% alcanzó cuatro o más libros.
Esto significa que, aunque la mayoría de los mexicanos tiene contacto con la lectura, el hábito sostenido sigue siendo bajo en comparación con países europeos, donde el promedio supera los 8 libros anuales.
En Jalisco, con una población cercana a 8.5 millones de habitantes, se estima que alrededor de 5 millones leen algún material, pero solo unos 3 millones leen libros. El promedio estatal se mantiene en torno a 4 libros al año, similar al nacional.
La cifra es reveladora: aunque Guadalajara alberga la feria más grande del mundo hispano, el hábito lector en la entidad no supera el promedio nacional.
Así las cosas, inevitable es seguirse preguntando: ¿la FIL es de lectores o un escaparate social? La feria congrega cada año a más de 800 mil visitantes. Sin embargo, las cifras sugieren que gran parte de los asistentes no son lectores frecuentes. La feria se convierte en un espacio híbrido:
- Una parte del público acude por genuino interés en los libros.
- Otra parte lo hace por el espectáculo cultural, las conferencias, los conciertos o la experiencia social.
La crítica recurrente es que la FIL se ha convertido en un escaparate donde “farolear” pesa tanto como leer. No obstante, también cumple una función simbólica: poner los libros en el centro de la conversación pública, aunque el consumo real sea limitado.
La FIL es un éxito en convocatoria, pero no necesariamente en la transformación de hábitos lectores. El reto es convertir la asistencia masiva en prácticas sostenidas: que quienes compran un libro lo lean, que quienes escuchan a un autor se acerquen después a su obra.
Para cerrar entonces, digamos: México tiene 65 millones de lectores de libros, Jalisco alrededor de 3 millones, y el promedio estatal es de 4 libros al año. La FIL atrae tanto a lectores genuinos como a visitantes ocasionales. La pregunta no es si hay “gente farol”, sino cómo lograr que la feria sea un motor real de lectura y no solo un espectáculo cultural.































