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La FIL y su tejido social

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Por: Carlos E. Martínez Villaseñor

En una época marcada por divisiones, desencuentros y polarización, hay acontecimientos que logran, aunque sea por unos días, reconciliarnos con lo colectivo. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), que todavía disfrutamos como si hubiera sido ayer, no solo es el evento editorial más importante del mundo en español, sino un verdadero espejo del tejido social que se sigue construyendo en Jalisco, en México y más allá de nuestras fronteras.

Cada noviembre, durante nueve intensos días, más de 800 mil personas – y esta vez rompiendo nuevos récords con 907 mil – se encuentran en los pasillos de Expo Guadalajara para escuchar ideas, descubrir autores, dialogar con desconocidos o reencontrarse con libros que les cambian la vida. Se estima que, solo en esta edición 2025, hubo más de 600 presentaciones editoriales, cerca de 3 mil actividades culturales, la participación de 60 países y una derrama económica superior a los 330 millones de pesos para la zona metropolitana. Pero más allá de los números, lo que impresiona es su capacidad para convocar sin distinción.

En la FIL no importa el partido, el género, la edad, el poder adquisitivo ni la ideología: asisten jóvenes estudiantes, escritores consagrados, líderes sociales, activistas, jubilados, diplomáticos, niños con sus escuelas, y miles de lectores anónimos que simplemente buscan inspiración. Este mosaico humano es un símbolo vivo del valor cultural que aún puede tener un espacio público bien pensado, bien ejecutado y sostenido por décadas.

Esta edición 2025 también marcó un contraste entre lo que ocurre en Jalisco y el deterioro del diálogo social en otros contextos nacionales. Mientras en otras partes del país las expresiones culturales son desplazadas por disputas ideológicas o presupuestales, la FIL refuerza año con año su independencia. Aunque han existido tensiones, la Feria se ha sostenido como un refugio de pluralidad, donde los libros son más que mercancía: son herramientas para sanar lo que está roto en nuestra convivencia.

El tejido social que genera la FIL se observa también en su enfoque hacia las infancias. El programa FIL Niños recibió a casi 200 mil menores con talleres, cuentacuentos y actividades de ciencia, arte y lectura. En tiempos donde el contenido digital tiende a absorber a los más pequeños, la FIL apuesta por sembrar curiosidad, pensamiento crítico y sensibilidad desde las primeras edades. Esto no es un lujo, es una inversión a futuro.

Pero no solo México necesita este tipo de espacios. A nivel internacional, el debilitamiento del tejido social se vuelve cada vez más evidente: protestas en Europa por el alza de la ultraderecha, crisis migratorias sin respuesta humanitaria sólida, guerras donde la palabra ha sido sustituida por el fuego. En ese panorama, eventos como la FIL, con su carácter profundamente civil, pacífico y horizontal, ofrecen una lección sobre cómo la cultura puede seguir siendo un ancla ética, aún cuando todo parece desmoronarse.

En países como España, Francia, Chile o Colombia, ferias del libro similares han intentado replicar el modelo tapatío con relativo éxito. Pero ninguna ha logrado el nivel de apropiación ciudadana que tiene la FIL en Guadalajara. Aquí no es solo un evento para elites: es una celebración barrial, urbana, regional, internacional. Y ese carácter transversal la convierte en un caso de estudio. Prueba de ello es que organismos como la UNESCO y la IPA la han colocado como uno de los tres espacios de encuentro editorial más influyentes del planeta.

El mensaje que deja la FIL no es solo literario: es político, sin necesidad de partidos. En un año en el que los paros, marchas, bloqueos y desencuentros sociales se han multiplicado en Jalisco y México, la FIL resiste con ideas. Mientras algunos grupos protestan con fuego, otros lo hacen con libros. Mientras en ciertos congresos se ahoga el debate, aquí se respira diversidad.

Por eso es importante que la FIL se cuide, se proteja, se reinvente sin perder su raíz. No se trata solo de defender un evento cultural, sino de proteger uno de los últimos grandes símbolos de cohesión social que tiene el país. Donde miles de personas, sin conocerse, se tratan con respeto por la sola razón de compartir el amor a las ideas.

Este año, con Barcelona como invitado de honor, quedó claro que más allá del idioma compartido, hay una necesidad compartida: reconstruir el tejido social a través de la palabra. España lo vive con su polarización interna. México lo enfrenta con sus elecciones y sus heridas abiertas. Pero al menos por una semana, en Guadalajara, se respiró algo diferente. Una pausa. Una tregua. Un suspiro colectivo.

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