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La ciudad que se encarece: gentrificación y desplazamiento

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Por: Carlos E. Martínez Villaseñor

Guadalajara presume modernidad. Sus calles se llenan de cafés con estética minimalista, terrazas verdes y bicicletas compartidas. La ciudad se vende como un espacio renovado, creativo y cosmopolita. Pero detrás de las fachadas restauradas hay otra historia: la de miles de familias desplazadas para que esa modernidad pudiera construirse.

La gentrificación, ese término que suena académico pero se traduce en desalojo y desigualdad; ya no es un fenómeno marginal, sino una fuerza silenciosa que reconfigura la vida social del centro tapatío y de sus barrios más antiguos.

Barrios como Santa Tere, Lafayette, Americana o Analco se transforman bajo una lógica de mercado que privilegia la rentabilidad sobre la identidad. Las que antes fueron colonias de clase media o popular se han convertido en zonas codiciadas para inversionistas, desarrolladores y plataformas de hospedaje temporal. De acuerdo con datos del Índice de la Sociedad Hipotecaria Federal, el precio promedio de la vivienda en la Zona Metropolitana de Guadalajara creció 9.8 % anual durante el primer trimestre de 2025, superando ampliamente la inflación nacional. En colonias céntricas, las rentas que hace unos años rondaban los seis mil 500 pesos hoy se ubican cerca de los ocho mil pesos mensuales (en casos únicos), y los departamentos pequeños son cada vez menos accesibles para jóvenes o familias de ingresos medios.

El progreso se volvió un negocio y la vivienda, un bien de lujo.

Mientras los nuevos habitantes disfrutan de ciclovías, bares artesanales y terrazas con vista al atardecer, los antiguos residentes son empujados a la periferia. No se trata solo de perder un espacio físico, sino de perder el sentido de pertenencia, las relaciones vecinales y las memorias que construyeron la identidad de la ciudad.

La gentrificación, en su versión tapatía, no solo cambia fachadas: cambia biografías. Convierte hogares en inversiones y comunidades en paisajes de paso.

El discurso del progreso urbano ha sido abrazado por gobiernos locales como bandera de renovación. Se privilegia el “embellecimiento” sobre la equidad, la inversión privada sobre la planeación social. Los programas de vivienda asequible son mínimos, las regulaciones al turismo digital casi inexistentes, y los incentivos a la vivienda tradicional son simbólicos.

Tan solo en la colonia Americana, símbolo de la nueva Guadalajara, un diagnóstico reciente reveló que 382 de las dos mil 245 viviendas registradas están vacías o destinadas a hospedaje temporal tipo Airbnb. Un espacio que antes fue hogar, hoy es una vitrina de inversión. La ciudad se embellece hacia afuera, pero se vacía hacia adentro.

En el fondo, la gentrificación es también un síntoma cultural. Nos seduce la estética del nuevo café, del muro restaurado, del barrio “redescubierto”, sin detenernos a pensar quién pagó el precio por ese descubrimiento. El progreso se convirtió en una postal que excluye. Guadalajara cambia, sí, pero a costa de su alma, de lo que fue y se volverá. En su nueva modernidad, los vecinos de siempre son invisibles y los visitantes temporales se adueñan de las calles sin historia.

Los desarrollos verticales prometen orden y funcionalidad, pero traen consigo la fragmentación del tejido urbano. La verticalidad no solo eleva los edificios: eleva también la distancia social. Las antiguas fondas se sustituyen por franquicias, las rentas se cotizan en dólares y los espacios públicos se privatizan sutilmente bajo el argumento de la seguridad o el mantenimiento.

Un estudio académico de la Universidad de Guadalajara identifica este proceso como una “reconfiguración post-política” de la ciudad: donde el mercado define el rumbo urbano y la ciudadanía solo observa. Guadalajara se vuelve un territorio de paso, donde nadie se arraiga y todos compiten por permanecer.

Frente a esta realidad, la pregunta no es si la gentrificación puede detenerse, sino si la ciudad puede seguir siendo hogar para quienes la construyeron con su historia. Porque el verdadero progreso no se mide en fachadas ni en torres de vidrio, sino en la capacidad de conservar lo humano en medio de la modernidad. El reto para Guadalajara no está en crecer, sino en no olvidarse de sí misma. La ciudad que se encarece es, también, una ciudad que se aleja de sus raíces. Y cuando una urbe olvida su origen, corre el riesgo de volverse un escenario vacío: moderno, sí, pero sin alma; ordenado, pero sin hogar.

El espejismo del progreso urbano solo será real cuando el futuro deje de expulsar a quienes le dieron vida al pasado.

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