Ale y Ana forman parte de los 311 niños y niñas que, según cifras del Inegi, viven con sus madres en penales del país. Su historia refleja las condiciones de hacinamiento, carencia de medicamentos y alimentación insuficiente que enfrentan cientos de menores en México.
Montse, madre de las mellizas, llegó al Penal de Chiconautla, Estado de México, con tres semanas de embarazo y lleva 15 meses vinculada a proceso. Relata que durante la gestación recibió chequeos médicos y medicamentos que permitieron el nacimiento de sus hijas, a quienes llama “las niñas del milagro” por haber sobrevivido a un embarazo de alto riesgo en confinamiento.
Las pequeñas, de ocho meses de edad, nunca han visto un árbol ni escuchado el ladrido de un perro. Tampoco conocen a sus hermanos fuera del penal. La madre reconoce que la preocupación constante es la falta de leche y recursos para su alimentación.
La situación de Ale y Ana es compartida por cientos de menores que crecen en prisión, en medio de sobrepoblación y limitaciones de acceso a salud, ropa y calzado. La realidad expone un desafío social y humanitario que persiste en el sistema penitenciario mexicano.































