Por: Felipe Guerrero Bojórquez
El discurso de la presidente Claudia Sheinbaum, en el 115 aniversario de la Revolución Mexicana, es el ejemplo más claro de la narrativa binaria del régimen. Se trata de una pieza de museo de la moralina Lopezobradorista. Les encanta hablar de democracia mientras se desacredita al disenso; invocar las libertades mientras se acusa de enemigos a quienes cuestionan; reivindicar la historia para negarla en el presente. La retórica de la izquierda rancia en su máxima expresión.
Frente al país —y frente a las Fuerzas Armadas— Sheinbaum construyó un relato de “unidad nacional” que depende, paradójicamente, de la fractura social. Su mensaje se sostiene en el viejo dilema que repite desde 2018: existen los buenos —la Transformación, el pueblo, la moral— y existen los malos —los críticos, los privilegiados, los medios, los opositores—. No hay matices, no hay pluralidad, no hay posibilidad de disidencia legítima. O son ellos o son los otros. No hay más.
Sheinbaum reivindica a Madero, al “sufragio efectivo” y a la lucha contra el autoritarismo porfirista, pero usa el mismo discurso para descalificar a quienes hoy ejercen su derecho democrático a cuestionarla. Habla de libertades “que ahora se ejercen desde abajo”, y al mismo tiempo suelta una retahíla contra la “ultraderecha”, “privilegiados”, “calumniadores”, “comentócratas convenencieros”, “poderosos cegados por la ambición”. A todos los mete en el mismo costal y los etiqueta como enemigos del pueblo. Aquí el que cuestiona no recibe atención, sino descalificaciones. Es decir, las libertades existen siempre y cuando no se utilicen para criticar al gobierno.
En el día de la Revolución, Sheinbaum llamó a la unidad, pero inmediatamente estableció un marco maniqueo donde oponerse al gobierno equivale a ser porfirista, golpista o traidor.
Esa frase lo sintetiza todo: “El que piensa que las campañas de calumnias hacen mella en el pueblo, se equivoca.”
Para la Señora presidente la crítica no es crítica; es calumnia. El cuestionamiento no es parte de la democracia, es conspiración. La inconformidad no es legítima, es manipulación. si difieres, te etiquetan. Si protestas, te descalifican. Si cuestionas, te condenan. Justo el método favorito del régimen dictatorial de Stalin para condenar e identificar a los «enemigos del pueblo» , a quienes acusaba de saboteadores, fascistas y contrarrevolucionarios para justificar la represión, y la intervención de la policía política para silenciar cualquier oposición real o imaginaria. Hoy, estos no le pierden pisada a la propaganda del dictador soviético.
Sheinbaum afirma que “hoy nadie es silenciado por pensar distinto”, cuando el país presencia diariamente descalificaciones desde el púlpito presidencial. Sostiene que el poder ya no se usa para someter, sino para servir, cuando simultáneamente investiga manifestaciones juveniles, acusa intromisiones extranjeras sin pruebas y criminaliza el desacuerdo.
El alma del discurso pronunciado ayer por Sheinbaum, está en la comparación del porfiriato con el periodo previo al 2018: 34 años de Porfirio Díaz, 36 años de neoliberalismo. Lo reiteró como dogma y puso a la historia como escudo para tratar de nebulizar el presente. «Todo es culpa de los de antes, nosotros seguimos luchando contra ellos porque no queremos que regresen», aunque el país esté peor hoy en muchos sentidos.
En consecuencia: Cualquier persona que cuestione la realidad presente —la inseguridad, la economía estancada, la crisis de salud, la violencia cotidiana— lo hace porque según la presidente quiere restaurar privilegios. No hay espacio para un ciudadano inconforme porque es un traidor en potencia, aliado o manipulado por las fuerzas de la derecha.
Para la presidente no hay crisis, no es real que la violencia se ha multiplicado; que la extorsión es generalizada; que haya jóvenes inconformes rompiendo el cerco de la narrativa oficial;
sectores productivos en caída e indignados; instituciones debilitadas; desgaste social evidente, crimen organizado con más capacidad que el gobierno. Y ante esto la Señora Sheinbaum responde con historia y con preceptos morales, no con autocrítica.
En fin, ayer en el aniversario de la Revolución Mexicana, la presidente terminó usando la memoria del pueblo para sostener la narrativa que más le conviene: México solo puede avanzar si nadie cuestiona al gobernante. Y eso es lo contrario a la democracia que defendió Madero a costa de su vida.































