Por: Jaime Castillo Copado
Los Informes de Gobierno y el límite de la imaginación
En México es imposible hablar del fondo de un informe de gobierno sin remitirnos primero a la forma en que sea expuesta la información de su contenido.
En las altas esferas del poder político nacional, por ejemplo, tomando el caso del presidente de la República, Enrique Peña Nieto, sus asesores determinaron que debía mostrarse cercano a los jóvenes y lo carearon ante 300 muchachos.
Acá en el Occidente, al político más popular de las encuestas, me refiero en este caso al presidente de Guadalajara, Enrique Alfaro Ramírez, su equipo le dijo que se abstuviera de organizar un evento de mayores proporciones bajo ese pretexto. Mientras tanto, acá de este lado de la Sierra Madre, en la costa norte de Jalisco, el presidente municipal de Puerto Vallarta, Arturo Dávalos Peña, sí optará por presentarse en un evento público para presentar su informe, aunque eso sí, en forma austera y sin mayor parafernalia, según se ha expuesto.
Lo cierto es que para los equipos de gobierno está siendo difícil equilibrar entre las viejas y las nuevas prácticas para presentar información, metidos en un complicado laberinto entre el pasado y presente de la comunicación, para alcanzar la meta de los electores.
Situados en la moda de querer complacer en todo a los millennials –según esto, los futuros votantes-, los asesores no saben a ciencia cierta qué hacer con el tema de los informes de gobierno. Algunos opinan que lo mejor sería aprovechar las concesiones legales y proyectar la imagen del informante; mientras que otros opinan que los nuevos electores repulsan la parafernalia que organizar un informe implica, de modo que hacer eso les traería fúnebres consecuencias.
La neta es que no existe receta que a los políticos les diga qué hacer ante esta clase de divergencias, aunque mal harían los asesores en pretender generalizar la misma medicina para todos sus asesorados, en el sentido de que ni todas las ciudades pueden gobernarse igual, ni a todos los electores les terminan gustando las mismas cosas. Comenzando por el hecho de que todavía está por verse aquello de que los millennials se atrevan a dar el paso de ser los más influyentes electores, ese supuesto puede ser electoralmente pantanoso.
Falta mucho todavía por medir, analizar y estudiar, de tal suerte que hemos de ver en unos meses más adelante a qué gobernante le va mejor con cada una de las estrategias que cada equipo político vaya eligiendo. Por lo pronto ya tenemos 3 diferentes casos y formas para empezar a analizar.
Lo que sí es un hecho es que la ley no limita a los gobernantes acerca de la forma en que hagan públicos los resultados de su gobierno; bueno, si es que los tienen. Ni en lo económico, ni en lo espacial. La única limitante es el tiempo, que se constriñe a 15 días en que pueden promover su imagen de manera abierta en medios de comunicación. Fuera de eso, el único límite es su imaginación. Siempre y cuando no los atrapen luego en una mentira acerca de los supuestos logros de su gestión, los gobernantes pueden decir lo que quieran. Ahí si aguas, porque no se vale mentirle a la ciudadanía.






























