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Un balance incómodo, necesario y profundamente humano al cierre de 2025

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Por: Yuri Guzmán

Termina 2025 y, como cada diciembre, la humanidad vuelve a mirarse en el espejo. No el espejo complaciente de los balances triunfalistas, sino ese otro, más honesto, que revela tanto nuestras luces como nuestras sombras. Este año que concluye nos deja una sensación ambivalente: avanzamos, sí, pero también retrocedimos; aprendimos, pero olvidamos rápido; nos unimos en momentos clave, aunque seguimos divididos en lo esencial. Y, sin embargo, aquí estamos, intentando comprender qué hicimos bien, qué superamos y qué nos falta por transformar.

En términos globales, 2025 fue un año de contrastes. Según datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, más de 700 millones de personas siguen viviendo en pobreza extrema, pero también se registró un incremento del 12% en iniciativas comunitarias de apoyo mutuo en América Latina, Europa y Asia. La paradoja es clara: mientras los sistemas fallan, las personas se organizan. Mientras las instituciones se desgastan, la solidaridad espontánea crece. Y quizá ahí reside una de las lecciones más importantes del año: la humanidad sigue encontrando formas de sostenerse a sí misma, incluso cuando el entorno parece empujar en sentido contrario.

En lo personal, 2025 también fue un año de prueba. La Organización Mundial de la Salud reportó que el 48% de las personas experimentó algún nivel de agotamiento emocional durante el año, pero al mismo tiempo aumentó en un 30% la participación en actividades de bienestar, desde ejercicio hasta voluntariado. Es decir, nos cansamos, pero no nos rendimos. Nos quebramos, pero buscamos maneras de recomponernos. Y eso, aunque no figure en estadísticas oficiales, es un logro colectivo.

La pregunta que surge al cerrar el año es inevitable: ¿qué hicimos realmente por otros seres humanos? No en términos abstractos, sino concretos. ¿A quién escuchamos cuando nadie más lo hizo? ¿A quién acompañamos en silencio? ¿Qué gesto pequeño —pero decisivo— ofrecimos sin esperar reconocimiento? Porque, más allá de los grandes discursos, la humanidad se sostiene en actos mínimos: una llamada, un abrazo, una disculpa, un límite sano, un “aquí estoy” dicho a tiempo.

También es necesario reconocer lo que superamos. En 2025 enfrentamos crisis climáticas, tensiones políticas, incertidumbre económica y un ritmo de vida que parece diseñado para desbordarnos. Y aun así, millones de personas lograron terminar estudios, emprender proyectos, sanar relaciones, pedir ayuda, dejar entornos dañinos o simplemente seguir adelante. A veces sobrevivir es, en sí mismo, un acto de valentía.

Pero cerrar el año no es solo mirar atrás; es preguntarnos qué haremos con lo aprendido. ¿Qué propósito profundo queremos llevar al 2026? No el típico “hacer más ejercicio” o “ahorrar más”, sino esos propósitos que rara vez decimos en voz alta: ser más pacientes, más presentes, más compasivos; aprender a escuchar sin interrumpir; cuidar nuestro entorno con acciones reales; reconciliarnos con nuestra historia personal; dejar de postergar lo que sabemos que nos hace bien.

El planeta también nos exige un compromiso renovado. En 2025, la temperatura global promedio volvió a romper récords, y los eventos climáticos extremos aumentaron 18% respecto al año anterior. No podemos seguir actuando como si el tiempo fuera infinito. Cuidar el entorno ya no es un gesto ecológico: es un acto de supervivencia colectiva. Y empieza por lo cotidiano: consumir menos, reciclar más, exigir políticas públicas responsables, apoyar proyectos locales, educar a quienes vienen detrás.

Quizá la reflexión más honesta al cerrar 2025 es que no somos tan buenos como quisiéramos creer, pero tampoco tan malos como a veces tememos. Somos seres humanos en proceso, contradictorios, imperfectos, capaces de lo peor y de lo mejor. Y cada año nos ofrece una nueva oportunidad para elegir hacia dónde inclinamos la balanza.

Que 2026 no sea un año de propósitos vacíos, sino de decisiones conscientes. Que no solo pensemos en lo que queremos lograr, sino en quién queremos ser. Que entendamos que el bienestar personal no está separado del bienestar colectivo. Que recordemos que cada gesto cuenta, que cada palabra importa, que cada acción deja huella.

Porque, al final, cerrar un año no es un acto administrativo: es un acto profundamente humano. Es detenernos, mirarnos, reconocer lo que somos y atrevernos a imaginar lo que podemos llegar a ser.

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