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Los regalos navideños ¿una tradición, obligación o acto de amor?

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Por: Yuri Guzmán

La Navidad, más allá de su carácter religioso, se ha convertido en un fenómeno cultural y económico que atraviesa fronteras. En el centro de esta celebración se encuentra el acto de regalar, un gesto que puede interpretarse como tradición, obligación o expresión de amor. Sin embargo, detrás de cada obsequio existe una compleja red de significados sociales, presiones económicas y expectativas emocionales que vale la pena comentar con objetividad.

Históricamente, la costumbre de dar regalos en Navidad se inspira en los presentes que los Reyes Magos ofrecieron al niño Jesús: oro, incienso y mirra. Con el paso de los siglos, esta práctica se transformó en una tradición cultural que fomenta la unión familiar y comunitaria. En países como México, el intercambio de obsequios se ha convertido en un ritual que acompaña las cenas, las posadas y los encuentros laborales, reforzando la idea de que regalar es parte del espíritu navideño.

No obstante, en la sociedad contemporánea, regalar también se percibe como una obligación que a mi gusto no debería ser así. La presión comercial y las expectativas sociales convierten el acto en un deber más que en un gesto espontáneo.

Según la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (CONCANACO), en México el gasto promedio en regalos navideños ronda entre 3 mil 500 y 5 mil pesos por familia, mientras que en Estados Unidos el consumidor promedio destina alrededor de 870 dólares (más de 15 mil pesos) en obsequios y celebraciones, de acuerdo con la National Retail Federation. Estas cifras reflejan cómo la economía de la Navidad se ha convertido en un motor de consumo, pero también en una fuente de estrés financiero.

El impacto psicológico es evidente: estudios de la American Psychological Association señalan que más del 60% de las personas experimenta ansiedad o preocupación económica durante las fiestas, principalmente por la compra de regalos. La búsqueda del “regalo perfecto” se convierte en una carga logística y emocional que le resta disfrute a la temporada. La obligación de regalar a una persona aunque no se quiera hacer, termina tumbando todo lo bueno de las fechas.

En su esencia, regalar es una forma de expresar afecto, gratitud y aprecio hacia los demás. Desde la psicología social, se ha demostrado que dar regalos fortalece los lazos emocionales y el sentido de pertenencia. Cuando el obsequio se da con intención genuina, se convierte en un gesto de amor y generosidad que trasciende el valor material.

El criterio para regalar suele basarse en la relación personal, el aprecio y la utilidad del objeto. Un regalo pensado en los intereses del receptor, o incluso una experiencia compartida, tiene un impacto más profundo que un artículo costoso adquirido por compromiso. En este sentido, el regalo perfecto no es el más caro, sino el más significativo.

La tensión entre tradición, obligación y amor plantea un dilema: ¿regalamos porque queremos o porque debemos? La respuesta depende de cada contexto y en mi opinión muchas veces es por obligación. Para algunos, el intercambio es un ritual indispensable; para otros, una carga económica y emocional. Lo cierto es que la Navidad se ha convertido en un período en el que la autenticidad del gesto se ve amenazada por la mercantilización.

No es negativo establecer límites y decidir no regalar a personas con las que no existe una conexión genuina. El autocuidado y la inteligencia emocional también implican reconocer que un obsequio dado por obligación pierde su significado. En cambio, reservar los regalos para quienes realmente valoran nuestra presencia, refuerza la autenticidad de las relaciones y el el verdadero significado de esta tradición.

Los regalos navideños son una mezcla de tradición, obligación y amor. La tradición los legitima, la obligación los presiona y el amor les da sentido. La clave está en equilibrar estas aristas: reconocer el valor cultural de regalar, evitar caer en la trampa del consumismo desmedido y rescatar el verdadero propósito del gesto, que es fortalecer vínculos humanos.

En un mundo donde la mercadotecnia dicta tendencias y los presupuestos familiares se ven comprometidos, recordar que un regalo no necesita ser costoso para ser valioso es un acto de resistencia y autenticidad. La Navidad, en última instancia, debería ser menos un escaparate de consumo y más una oportunidad de reafirmar que el mejor obsequio es el tiempo, la compañía y el amor compartido.

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