El VIH pasó de ser considerado una enfermedad mortal a convertirse en un padecimiento controlable gracias a los avances médicos. A finales de los años 80, la expectativa de vida tras el diagnóstico era de apenas tres años y la mayoría de los pacientes desarrollaban SIDA en ausencia de tratamiento.
El primer paso llegó en 1987 con la zidovudina (AZT), un fármaco que bloqueaba la replicación del virus, aunque con efectos secundarios y resistencia progresiva. La verdadera revolución ocurrió en los años 90 con la terapia combinada, que integró inhibidores de transcriptasa reversa e inhibidores de proteasa, logrando una supresión viral sostenida y una recuperación del sistema inmune. Entre 1995 y 1998, las muertes por SIDA en países desarrollados cayeron más del 60%.
Posteriormente, la investigación avanzó hacia tratamientos menos tóxicos y más simples. La llegada de los inhibidores de integrasa permitió reducir la cantidad de pastillas y mejorar la adherencia, hasta llegar a los actuales esquemas de una sola tableta diaria.
Hoy, los medicamentos logran que la carga viral sea indetectable, lo que significa que las personas con VIH no transmiten el virus. Este principio, conocido como “Indetectable = Intransmisible”, ha cambiado el panorama global y reducido el estigma.
La ciencia continúa desarrollando terapias más cómodas, como tratamientos inyectables de larga duración y estrategias preventivas, consolidando al VIH como una condición controlable y permitiendo a quienes lo viven proyectar un futuro pleno.





























