Por: José Francisco Castillo Madrigal
Enfrenta México una crisis de inseguridad? Tendríamos que comenzar por reconocer que sí. Y va más allá de las estadísticas, impactando la vida cotidiana, la salud mental y el desarrollo de millones de personas. Si bien la disminución de algunos delitos de alto impacto es un punto de partida, la percepción general de inseguridad sigue siendo importante.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) son elocuentes. Según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), a septiembre de 2024, el 58.6% de la población de 18 años y más consideró inseguro vivir en su ciudad. Existe una marcada brecha de género: el 64.0% de las mujeres se sienten inseguras, frente al 52.2% de los hombres.
El miedo no es uniforme. Ciudades como Tapachula (91.9%) o Naucalpan de Juárez (88.0%) muestran niveles de percepción de inseguridad que son abrumadores, mientras que otras como San Pedro Garza García (13.7%) muestran el contraste.
Esta persistente sensación de inseguridad, incluso en contextos donde algunos índices delictivos pueden mostrar una leve mejoría, evidencia que el problema es estructural y abarca la falta de confianza en las instituciones, la impunidad (con una cifra negra que ha rondado el 92.9% según reportes) y el deterioro del tejido social. La inseguridad se ha normalizado, convirtiéndose en un factor de estrés y limitación para el ejercicio pleno de los derechos.
Pero también se debe reconocer que la seguridad no se puede construir únicamente a partir de la represión o el despliegue de fuerzas; requiere un enfoque preventivo, social y educativo: la Cultura de Paz. Tal como lo define la UNESCO, no es solo la ausencia de guerra, sino la presencia de justicia, igualdad, respeto y resolución pacífica de conflictos.
La apuesta por la paz debe ser amplia, coordinada y con visión de largo plazo. Vale la pena enumerar al menos cinco pilares de acción positiva:
1. Educación para la Paz y Valores Cívicos. La escuela es el principal motor de cambio. Es esencial transversalizar la Cultura de Paz en todos los niveles educativos, desde preescolar hasta la universidad.
Algunas de las acciones posibles: Implementar asignaturas o talleres centrados en la resolución pacífica de conflictos, la empatía, el diálogo intercultural y los Derechos Humanos. Las universidades, por su parte, deben ser «semilleros de paz» que promuevan la investigación y acción social en este campo.
2. Reconstrucción del Tejido Social Comunitario. El alto índice de atestiguación de conductas antisociales (consumo de alcohol y drogas en las calles, robos y demás) demuestra el deterioro del espacio público. Resulta necesario crear y fortalecer Centros Comunitarios de Deporte, Arte y Bienestar que ofrezcan alternativas positivas a jóvenes en riesgo. Impulsar Mesas de Diálogo por la Paz a nivel barrial, involucrando activamente a vecinos, líderes locales y autoridades para identificar y resolver problemas de convivencia antes de que escalen.
3. Fomento de la Justicia Restaurativa y el Estado de Derecho. La impunidad es el principal combustible de la violencia. Se deben promover modelos de Justicia Restaurativa que involucren a víctimas, ofensores y comunidad en la reparación del daño. Paralelamente, es crucial una reforma de las policías enfocada en la proximidad social, la rendición de cuentas y la profesionalización con perspectiva de derechos humanos y género.
4. Diálogo y Comunicación No Violenta. La polarización social y política exacerba el conflicto. Se requiere lanzar campañas nacionales de sensibilización que promuevan el respeto a la diversidad y el rechazo a todo tipo de violencia (incluida la verbal y digital). Fomentar el liderazgo positivo en el ámbito público y privado, que priorice la búsqueda de acuerdos sobre la confrontación.
5. Inversión Social con Enfoque de Paz. La desigualdad y la falta de oportunidades son causas profundas de la violencia. Es necesario el desarrollo económico con justicia, asegurando salarios dignos e inversión en infraestructura rural y polos de desarrollo, tal como se ha propuesto en planes recientes para zonas de alta vulnerabilidad.
Importante ofrecer un atención integral a adolescentes en riesgo, ofreciendo becas y programas de mentoría.
La Cultura de Paz es la vacuna social que México necesita. Es una inversión, no un gasto, y su principal activo es la ciudadanía organizada. Solo cuando cada mexicano se reconozca como un agente de paz, el miedo cederá su lugar a la esperanza y la seguridad dejará de ser una aspiración para convertirse en la realidad cotidiana de la nación.





























