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El resurgimiento del sarampión: ¿culpa del movimiento antivacunas?

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Por: Yuri Guzmán

Por décadas, la vacunación ha sido uno de los pilares más sólidos de la salud
pública mundial. Gracias a ella, enfermedades como la viruela, la poliomielitis y el sarampión fueron erradicadas o controladas en amplias regiones del planeta. Sin embargo, en los últimos años, una amenaza silenciosa ha comenzado a socavar estos logros: el movimiento antivacunas.

En México, el sarampión ha vuelto con fuerza. Según datos oficiales, hasta octubre de 2025 se habían registrado más de 4 mil 600 casos confirmados, cifra que superó los 5 mil al cierre del mes. Este brote, concentrado principalmente en Chihuahua y Sonora, ha comenzado a expandirse hacia el centro y sur del país, afectando sobre todo a menores de entre 0 y 4 años. Y Jalisco no ha quedado exento, cerrando la anterior semana en 122 casos confirmados.

El secretario de Salud de Jalisco, Héctor Raúl Pérez Gómez, advirtió que el resurgimiento del sarampión comenzó a nivel mundial en 2022, y que México corre el riesgo de perder su estatus de país libre de esta enfermedad, mantenido por casi tres décadas.

Este fenómeno no es exclusivo de México. En Europa, Estados Unidos y Asia, enfermedades que se consideraban controladas han reaparecido, impulsadas por la disminución en las tasas de vacunación. La Organización Mundial de la Salud estima que las vacunas evitan entre 2 y 3 millones de muertes al año, pero también advierte que la desinformación y la desconfianza están provocando una caída preocupante en la cobertura inmunológica.

¿De dónde surge el movimiento antivacunas?

Aunque la oposición a las vacunas no es nueva —data desde los tiempos de Edward Jenner en el siglo XIX—, el movimiento antivacunas moderno tomó fuerza en 1998, cuando el médico británico Andrew Wakefield publicó un estudio que sugería una relación entre la vacuna triple vírica (MMR) y el autismo. Aunque el estudio fue desacreditado y retirado, el daño estaba hecho: la desconfianza se propagó como pólvora.

Desde entonces, el movimiento ha evolucionado, alimentado por redes sociales, teorías conspirativas y una creciente desconfianza hacia las instituciones. En países como Francia, Bosnia, Rusia y Japón, el rechazo a las vacunas supera el 30% de la población. En América Latina, aunque la cobertura sigue siendo relativamente alta, el discurso antivacunas ha comenzado a permear en ciertos sectores, especialmente tras la pandemia de COVID-19.

El efecto de estos grupos va más allá de la salud individual. Al reducir la cobertura de vacunación, se rompe la inmunidad de grupo, exponiendo a los más vulnerables: bebés, personas inmunocomprometidas y adultos mayores. Además, los brotes generan una carga económica significativa para los sistemas de salud, que deben destinar recursos a contener enfermedades prevenibles.

En el caso del sarampión, su alta contagiosidad —una persona infectada puede transmitir la enfermedad a 9 de cada 10 personas no inmunizadas— convierte cualquier brote en una emergencia sanitaria. La mortalidad, aunque baja en países con buen acceso a atención médica, puede ser elevada en comunidades marginadas. Y faltaría referir que los riesgos tras el sarampión pueden llevar a otras enfermedades, incluso algunas que dañan el cerebro.

Pero ahora, la pregunta que queda es ¿qué podemos hacer si el sarampión ya se está haciendo presente? La respuesta es simple: prevenir y, en caso de sospechas por síntomas, aislar a los pacientes y llevarles a atención médica.

Combatir el movimiento antivacunas requiere una estrategia multifacética:

  • Educación basada en evidencia: Es crucial reforzar campañas informativas que expliquen los beneficios y seguridad de las vacunas, desmontando mitos con datos científicos.
  • Regulación de contenidos: Las plataformas digitales deben asumir responsabilidad en la difusión de desinformación médica.
  • Acciones comunitarias: Involucrar a líderes locales, religiosos y educativos puede ser clave para recuperar la confianza en la vacunación.
  • Políticas públicas firmes: Algunos países han implementado medidas como la obligatoriedad de vacunas para ingresar a escuelas, lo que ha demostrado ser eficaz.

En conclusión, el resurgimiento del sarampión es una llamada de atención. No se trata solo de una enfermedad que vuelve, sino de una fractura en el pacto social que sostiene la salud pública. El movimiento antivacunas, aunque minoritario, tiene un impacto desproporcionado. Enfrentarlo no es solo una cuestión médica, sino ética, educativa y política. Porque en el fondo, vacunar no es solo protegerse: es cuidar al otro.

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